Por: Mario Valdez
En 1965 Singapur era una pequeña nación con escasos recursos naturales. Su territorio limitado, la falta de materias primas e incluso la necesidad de importar gran parte del agua que consumía hacían pensar que su futuro estaría condicionado por la dependencia de otros países. Sin embargo, sus gobernantes entendieron algo fundamental: el recurso más valioso no se encontraba bajo la tierra, sino en la inteligencia y capacidad de su gente.
Décadas después, Singapur es considerado uno de los países con mayor desarrollo educativo, científico y tecnológico del mundo. No ocurrió por casualidad. Fue el resultado de una política pública sostenida que apostó por la educación, la investigación y la formación de capital humano como herramientas para transformar una realidad adversa.
La experiencia debería servir como reflexión para México.
Mientras diversas naciones destinan recursos crecientes a la investigación científica y al desarrollo tecnológico, en nuestro país pareciera que la inversión en conocimiento pierde terreno frente a otras prioridades de carácter político y asistencial. La consecuencia es preocupante porque el desarrollo de una nación no puede depender exclusivamente de subsidios o programas de apoyo social; requiere también de universidades fuertes, centros de investigación consolidados y académicos capaces de generar conocimiento.
Las declaraciones del rector de la Universidad Autónoma de Chihuahua, Luis Alfonso Rivera Campos, evidencian una problemática que afecta no solamente a la institución, sino al futuro mismo de la educación superior en México. La reducción de becas para estudios de posgrado por parte del Consejo Nacional de Humanidades, Ciencias y Tecnología representa un golpe directo a quienes han decidido dedicar años de su vida a la investigación y la especialización profesional.
Resulta positivo que las gestiones realizadas hayan permitido recuperar parte de las becas perdidas. Sin embargo, el simple hecho de pasar de 260 apoyos a solamente 46 demuestra la magnitud del problema. Aunque posteriormente se recuperaron algunas más y existe la expectativa de alcanzar las 150, la realidad es que todavía se está lejos de los niveles que anteriormente permitían impulsar la formación de investigadores y especialistas.
La situación se vuelve aún más delicada cuando observamos que determinadas áreas del conocimiento han sido afectadas de manera considerable. Es comprensible que sectores relacionados con la tecnología y la salud reciban atención prioritaria, pero una nación requiere también especialistas en ciencias sociales, humanidades, educación, administración pública y múltiples disciplinas que contribuyen al desarrollo integral de la sociedad.
Existe una peligrosa tendencia a considerar la investigación como un gasto cuando en realidad constituye una inversión. Cada beca de posgrado representa una oportunidad para generar conocimiento, innovación y soluciones a problemas que afectan directamente a la población. Limitar estos apoyos equivale a reducir la capacidad del país para construir respuestas propias a sus desafíos presentes y futuros.
La historia demuestra que los países que han logrado transformaciones profundas son aquellos que apostaron por la educación y la investigación. No existe nación desarrollada que haya alcanzado el éxito sin invertir de manera decidida en sus universidades y en sus científicos.
México enfrenta el riesgo de caminar en sentido contrario. Mientras otras naciones compiten por atraer talento, fortalecer sus centros de investigación y generar innovación, aquí continuamos discutiendo si vale la pena apoyar a quienes dedican su vida al estudio y la generación de conocimiento.
El desarrollo social y económico no se construye únicamente repartiendo recursos. También se construye formando investigadores, fortaleciendo universidades y apostando por el talento de las nuevas generaciones.
La pregunta es si estamos dispuestos a hacerlo antes de que el rezago sea todavía mayor.
