Por: Mario Valdez
Las sociedades democráticas avanzan gracias a la capacidad de sus ciudadanos para expresar ideas, inconformidades y demandas. El derecho a manifestarse es una conquista social que debe ser protegida y respetada porque permite visibilizar problemas que durante mucho tiempo permanecieron ignorados.
Sin embargo, también es cierto que toda causa, por legítima que sea, debe cuidar las formas mediante las cuales busca alcanzar sus objetivos.
Los trabajos de restauración realizados en el edificio de Rectoría de la Universidad Autónoma de Chihuahua, tras los daños registrados durante la marcha del 8 de marzo, invitan precisamente a reflexionar sobre esta realidad.
Nadie puede negar la importancia de los temas que motivan las movilizaciones de mujeres en México. La violencia, la discriminación, la desigualdad y las agresiones que miles de mujeres enfrentan diariamente constituyen problemas reales que exigen atención permanente por parte de las autoridades y de la sociedad en su conjunto.
La discusión no debe centrarse en la legitimidad de la causa.
La discusión se encuentra en los métodos.
Cuando una manifestación deriva en daños a edificios, monumentos o espacios públicos, inevitablemente se abre un debate que termina desplazando la atención del problema original hacia las consecuencias materiales de la protesta. Lo que debía convertirse en una reflexión sobre la violencia contra las mujeres termina convirtiéndose en una discusión sobre pintas, destrozos y actos vandálicos.
Y eso no ayuda a nadie.
Las universidades, particularmente las públicas, son espacios destinados al conocimiento, al diálogo y a la formación de ciudadanos críticos. Son instituciones que pertenecen a toda la sociedad y que deben ser protegidas independientemente de las diferencias ideológicas o políticas que existan en determinado momento.
Resulta positivo que la Universidad Autónoma de Chihuahua haya iniciado la recuperación de sus instalaciones. Más allá de los costos materiales, la restauración representa un mensaje importante: los espacios universitarios deben seguir siendo lugares para el encuentro de ideas y no escenarios de confrontación física.
La historia demuestra que los cambios sociales más profundos no se sostienen por la fuerza de los golpes, sino por la fuerza de los argumentos. Las grandes transformaciones se construyen convenciendo, educando y generando conciencia colectiva.
Eso no significa minimizar el enojo o la frustración que muchas mujeres sienten frente a problemáticas que continúan presentes. Significa reconocer que la violencia difícilmente puede convertirse en una herramienta eficaz para combatir la violencia.
Las causas justas merecen ser defendidas.
Pero también merecen formas que estén a la altura de sus principios.
Porque una sociedad democrática necesita ciudadanos capaces de manifestarse libremente, pero también de comprender que la fuerza de una idea siempre será superior a la destrucción de un muro.
