Por: Mario Valdez
Cuenta Monseñor Raymond en su obra Tres Monjes Rebeldes que Roberto deseaba intensamente convertirse en monje, mientras que su padre, Teodorico, soñaba con verlo convertido en caballero. Como ocurre en muchas familias, ambos buscaban lo que consideraban mejor, pero desde perspectivas distintas.
Después de aceptar la decisión de su hijo, Teodorico le ofreció un consejo que trascendió el tiempo. Utilizando el fuego de una chimenea le explicó que las llamas sin control arden con intensidad, pero se consumen rápidamente. En cambio, el fuego que sabe mantenerse encendido con prudencia y constancia dura más tiempo y produce mayor calor.
La enseñanza resulta particularmente valiosa para los tiempos que vivimos.
Con frecuencia escuchamos que los jóvenes son el futuro del país. La frase se repite en discursos políticos, eventos académicos y ceremonias oficiales. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a reflexionar sobre una pregunta fundamental: ¿futuro para qué?
Toda sociedad necesita jóvenes comprometidos con una causa. No necesariamente una causa política o partidista, sino una causa que dé sentido a su esfuerzo, a su preparación y a su proyecto de vida. Una sociedad que pierde la capacidad de transmitir ideales a sus nuevas generaciones termina condenándose a la apatía, al conformismo y a la indiferencia.
Hoy vivimos en una época donde abundan los estímulos inmediatos. Las redes sociales, el entretenimiento permanente y la cultura de la inmediatez provocan que muchos jóvenes vean el largo plazo como algo innecesario. Se busca el resultado rápido, la satisfacción instantánea y el reconocimiento inmediato. Sin embargo, los grandes proyectos personales y sociales requieren exactamente lo contrario: disciplina, perseverancia y compromiso.
La historia demuestra que las transformaciones importantes siempre han sido impulsadas por jóvenes que decidieron entregarse por completo a una idea, una profesión, una causa social o un proyecto de vida. Ningún avance científico, cultural o político se construyó desde la comodidad o la indiferencia.
Por ello resulta preocupante observar que cada vez más jóvenes parecen desconectados de los problemas de su entorno. La participación social disminuye, el interés por los asuntos públicos se reduce y la sensación de que nada puede cambiar termina convirtiéndose en una peligrosa forma de resignación.
No hacen falta más jóvenes.
Jóvenes siempre habrá.
Lo que hace falta son jóvenes con ideales, con convicciones y con la disposición de trabajar por algo que trascienda sus intereses personales.
Pero tampoco podemos exigir compromiso donde no existe orientación. La familia continúa siendo el primer espacio donde se transmiten valores, responsabilidades y principios. El ejemplo de Teodorico resulta vigente precisamente porque muestra la importancia del consejo, del acompañamiento y de la guía que los padres pueden ofrecer cuando sus hijos enfrentan decisiones importantes.
Decisión, compromiso, orientación y apoyo siguen siendo elementos fundamentales para la construcción de una sociedad sana.
Los retos actuales son distintos a los de generaciones anteriores, pero la necesidad permanece intacta. Chihuahua, México y el mundo necesitan jóvenes preparados académicamente, pero también comprometidos con mejorar la realidad que les rodea. Jóvenes capaces de comprender que la educación no es únicamente un medio para obtener empleo, sino una herramienta para transformar positivamente su comunidad.
El fuego de la juventud sigue ahí.
La pregunta es si estaremos dispuestos a enseñarle a las nuevas generaciones cómo mantenerlo encendido el tiempo suficiente para iluminar algo más que sus propios intereses.
