Por: Mario Valdez
Existe una diferencia importante entre estudiar en una universidad y actuar como universitario.
La primera condición se obtiene con una inscripción. La segunda exige criterio, responsabilidad y la capacidad de analizar las consecuencias de cada decisión que se toma.
En días recientes un grupo de estudiantes de la Universidad Autónoma de Chihuahua se manifestó para exigir su inscripción luego de haber promovido amparos relacionados con el pago de cuotas universitarias. Los jóvenes solicitaron ser incorporados a las listas oficiales mientras los procesos judiciales continúan su curso.
Más allá de la discusión legal, el episodio deja una reflexión que merece ser analizada.
¿Qué sucede cuando una persona toma una decisión sin conocer completamente sus implicaciones?
La respuesta es sencilla: termina enfrentando consecuencias que probablemente no esperaba.
De acuerdo con la explicación brindada por el área jurídica de la Universidad, los estudiantes no podían ser inscritos debido a que existían procedimientos legales en trámite y la institución debía esperar una resolución por parte de las autoridades correspondientes.
La situación generó incertidumbre entre quienes promovieron los amparos.
Y es precisamente ahí donde surge el verdadero problema.
No parece existir una comprensión plena de los efectos que puede generar una acción jurídica de esta naturaleza.
Todo universitario tiene derecho a defender sus ideas, expresar sus inconformidades y utilizar los mecanismos legales que considere pertinentes. Sin embargo, también tiene la obligación de informarse, analizar escenarios y asumir las consecuencias derivadas de sus decisiones.
Ese es precisamente uno de los grandes desafíos de la educación superior.
Formar profesionistas capaces de pensar por sí mismos.
Vivimos en una época donde abundan los discursos fáciles, las consignas atractivas y las promesas que parecen resolver problemas complejos con una sola acción. Las redes sociales han multiplicado esta realidad y han convertido la manipulación en una herramienta cada vez más sofisticada.
Por ello resulta indispensable que los estudiantes desarrollen una capacidad crítica que les permita distinguir entre una causa legítima y un interés ajeno disfrazado de beneficio colectivo.
Información, análisis y responsabilidad.
Tres elementos que deberían acompañar cualquier decisión tomada dentro de una comunidad universitaria.
Porque la universidad no solamente existe para transmitir conocimientos técnicos. También tiene la misión de formar ciudadanos capaces de cuestionar, investigar y verificar antes de actuar.
Lo preocupante no es que un estudiante promueva un amparo.
Lo preocupante sería que lo hiciera sin comprender completamente sus alcances.
Lo preocupante sería que tomara decisiones guiado por intereses políticos, ideológicos o personales de terceros.
Lo preocupante sería que renunciara a la reflexión crítica que precisamente distingue a un universitario.
La historia demuestra que muchas veces los movimientos políticos encuentran terreno fértil en jóvenes bien intencionados que desean cambiar las cosas. El problema aparece cuando esos jóvenes dejan de analizar y comienzan únicamente a seguir.
La educación superior debe servir para evitar precisamente eso.
Un universitario informado difícilmente será manipulado.
Un universitario preparado difícilmente será utilizado.
Un universitario crítico difícilmente entregará su voluntad a intereses que no son los suyos.
Ese es quizá uno de los mayores compromisos de nuestra generación.
Aprender a pensar antes de actuar.
Porque las decisiones tienen consecuencias.
Y la ignorancia de esas consecuencias nunca exime de enfrentarlas.
