Por: Mario Valdez
Durante años se ha discutido cuál debe ser la verdadera función de la universidad. Algunos consideran que su misión principal consiste en formar profesionistas altamente capacitados para incorporarse al mercado laboral. Otros sostienen que también debe contribuir a la transformación social de su entorno. La realidad demuestra que ambas responsabilidades pueden y deben coexistir.
Los programas de servicio social que impulsa la Universidad Autónoma de Chihuahua son un ejemplo de ello. Más de 2 mil 800 estudiantes participarán durante este semestre en actividades orientadas a atender necesidades de grupos vulnerables, fortalecer comunidades y generar un vínculo directo entre la formación académica y la realidad social.
La importancia de estos programas radica en que permiten a los universitarios comprender que el conocimiento tiene sentido cuando se pone al servicio de los demás.
Con frecuencia los estudiantes pasan años adquiriendo herramientas técnicas y profesionales dentro de las aulas. Sin embargo, es al interactuar con la comunidad cuando descubren que detrás de los conceptos teóricos existen personas con necesidades concretas, desafíos cotidianos y problemáticas que requieren atención.
Las brigadas universitarias, los programas comunitarios, las asesorías académicas para jóvenes, el acompañamiento a adultos mayores y las actividades culturales representan mucho más que el cumplimiento de un requisito administrativo. Son espacios donde se construye sensibilidad social y donde los futuros profesionistas aprenden a observar la realidad desde una perspectiva humana.
Resulta especialmente valioso que estas acciones alcancen sectores que frecuentemente requieren mayor atención. Asilos, refugios, escuelas, organizaciones civiles y comunidades vulnerables encuentran en los estudiantes universitarios aliados que aportan tiempo, conocimientos y entusiasmo para desarrollar actividades que impactan positivamente en la calidad de vida de las personas.
También es importante reconocer el beneficio que recibe la propia universidad.
Una institución educativa corre el riesgo de aislarse cuando limita su actividad a los salones de clase. La vinculación comunitaria permite mantener contacto con la realidad social y comprender cuáles son los problemas que demandan soluciones desde la academia.
Por ello resulta acertado que la UACH haya diversificado sus programas de servicio social. No todos los estudiantes pueden contribuir de la misma manera y precisamente ahí radica la riqueza de la propuesta. Algunos participan mediante actividades deportivas, otros a través de la música, el teatro, la danza, las asesorías académicas o la creación artística.
El mural develado como parte del programa “Murales: Reflejando mi talento” es una muestra de ello. Muchas veces se piensa que el servicio social se limita a tareas asistenciales, cuando en realidad también puede convertirse en una herramienta para fortalecer la identidad comunitaria, recuperar espacios públicos y acercar el arte a la sociedad.
La educación superior tiene sentido cuando logra equilibrar la excelencia académica con el compromiso social. Los profesionistas que el país necesita no solamente deben dominar conocimientos técnicos, también deben comprender la realidad de las comunidades a las que eventualmente servirán.
Quizá esa sea una de las enseñanzas más importantes que deja el servicio social. Los estudiantes descubren que la profesión elegida no existe únicamente para alcanzar metas personales o estabilidad económica. También puede convertirse en una herramienta para contribuir al bienestar colectivo.
Porque al final del día, la universidad cumple mejor su misión cuando logra formar personas capaces de transformar positivamente el entorno que las rodea.
Y pocas lecciones son tan valiosas como aprender a servir mientras se aprende.
