Fuera de los muros universitarios

Por: Mario Valdez

Con frecuencia imaginamos a las universidades como espacios dedicados exclusivamente a las clases, los laboratorios, las investigaciones y la formación profesional. Sin embargo, las instituciones de educación superior tienen una responsabilidad que va mucho más allá de los edificios, las aulas o los programas académicos.

Su verdadera misión también implica acercarse a la comunidad y contribuir, desde sus posibilidades, a mejorar las condiciones de quienes enfrentan mayores dificultades.

Por ello resulta valiosa la actividad realizada por la Universidad Autónoma de Chihuahua en el comedor comunitario «Pancitas Llenas» de la colonia Punta Oriente.

Más allá de una posada navideña, este tipo de acciones representan un recordatorio de que la educación tiene sentido cuando logra vincularse con la realidad social que la rodea.

Existen sectores de nuestra sociedad donde las necesidades cotidianas son tan apremiantes que hablar de oportunidades educativas, desarrollo profesional o crecimiento económico parece un objetivo distante. En esos espacios, cualquier esfuerzo que genere convivencia, aprendizaje y acompañamiento adquiere un significado especial.

La niñez necesita alimento, pero también necesita atención, afecto y oportunidades para aprender.

Por ello resulta particularmente interesante que la actividad no se limitara a la entrega de apoyos o a la organización de una celebración. La instalación de un hospital de ositos para enseñar temas de salud y las actividades relacionadas con la alimentación saludable muestran una visión más amplia de lo que significa servir a la comunidad.

Educar también consiste en sembrar hábitos, conocimientos y experiencias que pueden acompañar a una persona durante toda su vida.

Además, la participación de distintas facultades permitió acercar el trabajo universitario a sectores de la población que en ocasiones observan la educación superior como algo lejano o inalcanzable. Cuando los estudiantes y docentes salen de sus espacios habituales y conviven con la comunidad, también aprenden una lección que difícilmente puede encontrarse en los libros.

Aprenden a conocer realidades distintas a las propias.

Aprenden a comprender necesidades concretas.

Y aprenden que la formación profesional debe estar acompañada de sensibilidad social.

Resulta igualmente importante reconocer el trabajo de organizaciones, colectivos y ciudadanos que diariamente sostienen proyectos como el comedor comunitario. Son esfuerzos que muchas veces operan lejos de los reflectores, pero que generan un impacto directo en la calidad de vida de decenas de familias.

La colaboración entre sociedad civil y universidades demuestra que los mejores resultados suelen surgir cuando distintos sectores trabajan con objetivos comunes.

En una época donde predominan la prisa, el individualismo y las preocupaciones personales, este tipo de actividades recuerdan que todavía existen espacios para la solidaridad y el compromiso comunitario.

Al final, una universidad cumple mejor su función cuando forma buenos profesionistas.

Pero deja una huella más profunda cuando ayuda a formar ciudadanos conscientes de las necesidades de los demás.

Porque el conocimiento tiene valor.

Pero adquiere un significado aún mayor cuando se pone al servicio de quienes más lo necesitan.

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