VUESTRA TAREA ES DIFICIL
Vuestra tarea es difícil porque el niño es terreno dispuesto tanto para el mal como para el bien. En él, como en todo hombre, existen tendencias malas que es preciso neutralizar, y tendencias buenas que es preciso descubrir, sostener, animar.
Vuestra tarea es difícil porque se realiza con mucha frecuencia en condiciones duras. A muchos padres lo exiguo de la casa, la dificultad de tener quien les ayude, los horarios de trabajo fuera de casa, complican extraordinariamente su tarea y roban el tiempo necesario para pensar con calma en los problemas que plantea toda educación. Se ven obligados a actuar en ella bajo el impulso o la rutina, sin poder asombrarse de perder su autoridad y aun la confianza de sus hijos.
Vuestra tarea es difícil porque no ha método universal ni receta infalible. Existen, ciertamente, principios de buen sentido y de experiencia que es preciso conocer (¡hay tantos padres que lo ignoran!); pero cada niño es un mundo aparte. Más aun; el niño está en continua evolución y, por consiguiente, aun el mismo niño cada año necesita un trato diferente.
Vuestra tarea es difícil porque no es siempre fácil comprender al niño, saber exactamente qué pasa en su interior. Las reacciones del niño no son siempre inmediatas, a veces nos admiran las repercusiones lejanas de un gesto, de una palabra, de un incidente al cual nosotros, los adultos no habíamos atribuido la menor importancia.
Vuestra tarea es delicada porque los errores de dirección, imperceptibles en los comienzos, tienen el peligro – si no se hace a tiempo la rectificación oportuna—de conducir a situaciones de difícil salida que se traducen en faltas de confianza o en oposiciones latentes que explotarán uno u otro día.
No se educa a los niños de hoy en las mismas condiciones de antes. El mundo evoluciona con ritmo acelerado. La aplicación técnica de los descubrimientos científicos nos hace vivir casi a un ritmo inhumano. En el mismo ambiente social, hay más diferencia en las condiciones de vida del niño de hoy a las de sus padres cuando eran niños, que entre las de sus padres y las de sus abuelos.
Si no se tiene mucho cuidado, el foso de separación entre las generaciones se ahonda con demasiada rapidez. Las palabras mismas corren el peligro de no tener el mismo significado.
La tarea de la educación es delicada porque supone, a la vez, amor y desprendimiento, dulzura y firmeza, paciencia y decisión. Y estas cualidades complementarias, que parecen con frecuencia contrarias, exigen en el educador no solo corazón, sino también sentido común y equilibrio.
Aunque la tarea de la educación es difícil y delicada es necesario ponerse en guardia contra todo desaliento, contra todo pesimismo. Es cierto que no existen recetas universales, como no hay niños idénticos; pero, hay sin embargo principios generales cuya aplicación evita muchos desengaños.
Es preciso intentar conocer esos principios, frutos de la experiencia, de la observación, también de un estudio profundo de la naturaleza psicológica del niño a través de los diferentes estados de su evolución.
Además, es preciso plantearse el problema… hemos encontrado padres siempre preocupados cuando se trata de la salud física de sus hijos, y, en cambio, completamente despreocupados cuando se trata de su higiene mental y de su formación moral. Es un hecho; más raros aún son los padres que se preocupan de los problemas de su educación. Muchos ni siquiera sospechan su existencia. Otros lo han resuelto de antemano por procedimientos fuertes o por la abdicación erigida en sistema.
Hay, afortunadamente, otros que sienten la necesidad de aprender. Pero, atención: ningún manual suplirá a la intuición personal y a esa intuición maravillosa que da el amor verdadero que busca, sobre todo, el bien del niño, a expensas, si es necesario, de nuestra tranquilidad personal.
Muchos padres se desinteresan de la formación moral de sus hijos. Los alimentan, los visten, pero, no tienen el menor cuidado de su espíritu y de su alma. Una madre habla así de su hijo: “yo ya le he prohibido esto o lo otro; pero se enfadó tanto que no se lo volveré a prohibir más”
O bien descargan completamente su función en educadores profesionales. Una madre lleva al maestro a su hijo lloriqueando: “Castíguelo usted; yo no puedo con él”: Y, en cambio, cuando los educadores conscientes, a quienes los niños han sido confiados, indican a los padres algún defecto, alguna insuficiencia en el trabajo o alguna infracción en la disciplina, en lugar de darle las gracias por la ayuda que les proporcionan, los mismos padres se ponen al lado de su hijo, toman su defensa y no tienen reparo en quitar la autoridad necesaria, precisamente a quienes antes pidieron colaboración.
La educación es una ciencia y un arte de los más delicados. A los animales les basta el instinto. Al hombre le es necesario un esfuerzo de inteligencia y de reflexión.
No se construiría una casa sin estudiar arquitectura; en cambio, se educa un niño sin preparación para ello. Se aprende el arte de seleccionar a las plantas y los animales y no el de educar a un niño. Educar es también cultivar. No se da el título de médico sin una enseñanza, sin una instrucción, y, en cambio, se improvisa al educador. Es ejercitar un espíritu, una voluntad, un corazón. No ejercerá nadie como profesor de gimnasia sin título, y, en cambio, ningún título se exige para educar y fortificar un alma. Educar es pulir, es adornar. Nadie se titula de joyero, pintor o escultor si no después de una larga preparación; y para modelar un alma no se exige título ninguno. Educar es fortificar. Para llegar a ser médico son necesarios amplios estudios, y, en cambio, se dirige al espíritu y al corazón sin haber aprendido ni ejercitado tan difícil oficio.
¿No creéis que deberían multiplicarse escuelas para los padres, en las que sin pedantería, ni términos cultos, sin oír que se debe tratar al niño normal como si fuera anormal, donde pudieran los esposos jóvenes aprender los principios fundamentales de la educación?
En todo caso es importante para los educadores no desanimarse, aunque su papel sea tan difícil. Algunas confusiones o torpezas esporádicas no tienen importancia, porque la perfección no es de este mundo. Lo esencial es que esas confusiones o torpezas no sean el pan de cada día, como realmente ocurre con demasiada frecuencia.
En ciertas horas difíciles, el pensamiento de que Dios comprende nuestros problemas os animará a llamarle en vuestra ayuda. Tenéis derecho a hacerlo, y su acción completará, en lo más mínimo del alma de vuestros hijos, los esfuerzos que hagáis para actuar según su amor.
Recordar también a los protectores de vuestros hijos. Su poder depende de vuestra invocación: Nuestra Señora, que es, en el sentido profundo de la palabra, Madre de sus almas; su ángel de la guarda; el santo que le habéis dado por patrón, y, después, todos esos antepasados de los que tal vez ignoréis el nombre, la historia y, aun más, las virtudes y los méritos, y que gozan todos o casi todos de la felicidad maravillosa de “pasar su cielo haciendo bien en la tierra”. Y vuestros hijos, ya herederos de sus virtudes, se beneficiarán con su intercesión en la medida en que vosotros les pidáis que intervengan.
