Por: Mario Valdez
Las universidades suelen ser evaluadas por sus programas académicos, sus investigaciones o los profesionistas que egresan de sus aulas. Sin embargo, existe una dimensión igual de importante que en ocasiones pasa desapercibida: su compromiso con la sociedad.
El lema de la Universidad Autónoma de Chihuahua, «Luchar para lograr, lograr para dar», encuentra una de sus mejores expresiones en actividades como la que desde hace tres años desarrolla la Facultad de Ciencias de la Cultura Física en el asentamiento tarahumara Gabriel Teporame. Más que una práctica de servicio social, se trata de una muestra de cómo el conocimiento universitario puede ponerse al servicio de quienes más lo necesitan.
Vivimos en una época donde el sedentarismo se ha convertido en uno de los principales problemas de salud pública. Las nuevas generaciones pasan cada vez más tiempo frente a pantallas y menos tiempo realizando actividades físicas. Las consecuencias son visibles en el aumento de enfermedades relacionadas con el sobrepeso, la obesidad y otros padecimientos que afectan la calidad de vida desde edades tempranas.
Por ello resulta valioso que estudiantes y docentes dediquen parte de su tiempo a trabajar con niños de comunidades vulnerables, promoviendo hábitos saludables mediante actividades recreativas, deportivas y formativas.
Pero el beneficio va mucho más allá del ejercicio físico.
Los juegos, el trabajo en equipo, la disciplina y la convivencia permiten a los niños desarrollar habilidades sociales que resultan fundamentales para su crecimiento personal. Aprenden a colaborar, respetar reglas, asumir responsabilidades y descubrir que existen formas sanas de utilizar su tiempo libre.
La actividad también deja una enseñanza importante para los propios universitarios.
Con frecuencia los estudiantes pasan años preparándose profesionalmente sin tener contacto directo con las realidades sociales que existen fuera de los salones de clase. Cuando participan en proyectos comunitarios comprenden que el conocimiento adquiere verdadero sentido cuando se utiliza para mejorar la vida de otras personas.
Esa experiencia difícilmente puede enseñarse únicamente en un aula.
Además, el trabajo que se realiza en el asentamiento incorpora elementos de investigación y diagnóstico que permiten conocer mejor las condiciones de salud de la población infantil. La recopilación de datos sobre sobrepeso y obesidad puede convertirse en una herramienta útil para diseñar estrategias que contribuyan a mejorar las condiciones de vida de estas comunidades.
Resulta igualmente significativo el reconocimiento expresado por la maestra rarámuri Irma Chávez Cruz. Su testimonio confirma que la presencia de la universidad genera beneficios tangibles para los niños y sus familias. Cuando las instituciones educativas logran establecer vínculos permanentes con la comunidad, los resultados suelen trascender los objetivos originalmente planteados.
En tiempos donde con frecuencia se cuestiona el papel de las universidades públicas, proyectos como este recuerdan que su función no se limita a formar profesionistas. También tienen la responsabilidad de contribuir al desarrollo social, generar oportunidades y fortalecer el tejido comunitario.
Los niños del asentamiento reciben actividad física, acompañamiento y formación en valores. Los estudiantes universitarios adquieren experiencia, sensibilidad social y una comprensión más profunda de la realidad que los rodea.
Todos ganan.
Quizá por eso el lema universitario conserva plena vigencia. Porque el verdadero éxito no consiste únicamente en alcanzar metas personales, sino en utilizar lo logrado para servir a los demás.
Y pocas enseñanzas son tan valiosas como esa.
Es nuestra opinión.
