Suicidio, un problema de todos

Por: Mario Valdez

Cada vez que se presenta un intento de suicidio dentro de una institución educativa suele hablarse del hecho como un caso particular, una situación extraordinaria o un episodio desafortunado que merece atención inmediata. Sin embargo, la realidad nos obliga a reconocer algo mucho más preocupante: no estamos frente a casos aislados, sino ante una problemática que se ha convertido en una constante dentro de la sociedad contemporánea.

El reciente caso registrado en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Autónoma de Chihuahua vuelve a poner sobre la mesa un tema que desde hace años demanda atención prioritaria. La salud mental de los jóvenes se encuentra bajo una presión sin precedentes y las instituciones educativas enfrentan el desafío de responder a una realidad que rebasa por mucho las aulas y los programas académicos tradicionales.

Resulta positivo que la universidad cuente con mecanismos de atención psicológica, seguimiento y programas de acercamiento para detectar situaciones de riesgo. También es alentador que exista una mayor disposición de las nuevas generaciones para acudir con especialistas y solicitar ayuda profesional. Sin embargo, sería un error pensar que la solución pasa únicamente por incrementar la atención psicológica.

El problema es mucho más profundo.

Los jóvenes necesitan razones para construir proyectos de vida. Necesitan espacios donde desarrollar talentos, encontrar sentido de pertenencia y descubrir objetivos que trasciendan la rutina cotidiana. La juventud está pidiendo a gritos actividades que les permitan canalizar su energía hacia metas que tengan significado y permanencia.

Hace algunos años Saltillo, Coahuila, enfrentó una situación alarmante relacionada con el incremento de suicidios, particularmente entre jóvenes. Ante aquella realidad, diversas organizaciones de la sociedad civil decidieron intervenir ofreciendo alternativas de participación social, cultural, deportiva, comunitaria y de servicio. Lo importante fue que las instituciones comprendieron el valor de esas iniciativas y optaron por apoyarlas en lugar de ignorarlas.

La experiencia dejó una enseñanza relevante: muchas veces los jóvenes no solamente necesitan atención cuando ya existe una crisis. Necesitan oportunidades antes de llegar a ella.

Las universidades pueden desempeñar un papel fundamental en este esfuerzo. La formación profesional sigue siendo una de sus principales responsabilidades, pero la realidad actual exige ampliar la visión. Hoy más que nunca resulta necesario fortalecer actividades culturales, deportivas, de voluntariado, liderazgo, emprendimiento, investigación y participación social que permitan a los estudiantes encontrar causas, proyectos y objetivos por los cuales trabajar.

No basta con formar profesionistas competentes. También es necesario formar personas capaces de encontrar sentido en lo que hacen.

Cuando un joven descubre una pasión académica, artística, deportiva o social, difícilmente permanece indiferente ante su propio futuro. Los proyectos de trascendencia generan comunidad, fortalecen vínculos humanos y construyen redes de apoyo que muchas veces terminan convirtiéndose en factores de protección frente a situaciones de riesgo.

Por ello, el reto para las universidades no consiste únicamente en reaccionar ante las emergencias, sino en construir entornos que favorezcan el desarrollo integral de sus estudiantes. La salud mental no depende exclusivamente de consultorios y terapias; también está relacionada con la pertenencia, la participación, los ideales y las oportunidades de crecimiento personal.

El propio rector Luis Rivera Campos ha señalado la importancia de hacer equipo con los padres de familia y fortalecer los mecanismos de detección temprana. Tiene razón. Este es un desafío que no puede recaer solamente en las instituciones educativas. La familia, la sociedad civil, las autoridades y la comunidad universitaria deben asumir una responsabilidad compartida.

Porque cuando un joven pierde la esperanza, toda la sociedad fracasa un poco.

Y porque la mejor estrategia siempre será ofrecer motivos para vivir antes que buscar explicaciones cuando ya es demasiado tarde.

Es nuestra opinión.

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