Agradezco la apertura de Prensa y Cátedra para publicar periódicamente una información que considero oro molido para quienes somos padres de familia.
La misión educadora de la familia poco a poco se ha ido desdibujando y los padres de familia pareciera que renunciamos a la responsabilidad de educar a nuestros hijos para dejarlos a le educación del estado, de alguien más o de los instintos propios del niño.
En efecto, estimado lector, nuestros hijos están creciendo sin padres. Lo lamentable es, que la presencia física esta, pero no la forma activa. Vemos sin observar, oímos sin escuchar, tenemos la capacidad de entender qué es lo que pasa con cada uno de nuestros hijos, pero rehuimos cobardemente a esa responsabilidad divina.
Es cierto que no se nace sabiendo ser padre o madre de familia, pero tampoco hacemos el esfuerzo por conocer, leer, preguntar, informarnos y prepararnos como tales. Egoístamente nos encerramos en el “Dios proveerá” y no me malinterprete, pero, así como Dios provee, él también nos pedirá cuenta de esos “locos bajitos”.
En los próximos días, se publicarán por este medio, los capítulos del libro “El Arte de Educar a los Niños de Hoy” de Gastón Cortois, que, aunque escrito hace varios años, permanece intacto la pureza de la recomendación y la explicación del por qué es necesaria la educación en el infante.
Esperemos que estos consejos tengan una resonancia verdadera para la formación del futuro del mundo, porque es urgente una atención real por parte de los padres ya que de no hacerlo se viene una generación de desgracias, la cual ya nos esta impactando.
Vuestra misión es bella
En el pensamiento de Dios, un niño es un santo en flor. Que vosotros lo queráis o no, sois colaboradores de Dios. Lo habéis sido en la obra admirable de la CREACIÓN de vuestros hijos. Debéis serlo también en la obra no menos bella de su educación.
Educar procede de dos palabras latinas: ex ducere, sacar de, hacer brotar de. Es hacer de un niño – en lo posible con su colaboración cada vez más consciente a medida que crece en edad—un hombre pleno, maduro, responsable. Es, en otros términos, hacer resplandecer el rostro de Cristo sobre su rostro de hombre.
No se hable de utopía. Si tuviéramos fe como un grano de mostaza… recordaremos las palabras de san Pablo sobre el ideal cristiano: “Vivo yo, mas no soy yo, es Cristo quien vive en mí”. (Gál 2, 10), y la brillante afirmación de san Juan: se nos llama hijos de Dios y lo somos (I JN 3, 1)
Los padres no deben estar nunca orgullosos de sus hijos. El orgullo esteriliza y desorienta; pero tienen el derecho y el deber de ser ambiciosos con la más noble ambición que puede darse, ayudar a sus hijos a realizar lo que Dios, en plan de amor, espera de cada uno de ellos.
No tendrá que realizar cada niño la misma misión. Tampoco, por otra parte, cada uno no ha recibido el mismo número o naturaleza de talentos que su hermano. Poco importa. Lo esencial es que cada uno desarrolle sus propios dones.
El niño es un «valor« de precio infinito confiado por Dios al espíritu, al corazón y a las manos de los padres, valor humano…, valor divino…, valor eterno.
“Toda alma que se educa, educa al mundo” (Isabel Leseur). ¿Grandeza de vuestra misión? Preparar los fermentos que eleven al mundo y lo ayuden a ser un mundo más feliz y mejor.
Los padres tienen una gracia específica para la educación de sus hijos, y, normalmente, es de ellos de quien Dios quiere valerse para moldear su corazón y su inteligencia.
Hay una acción común irremplazable del padre y de la madre en la educación de sus hijos. Podrá haber en ella suplentes con abnegación admirable. Pero por grande que sea su valor y su competencia, no tendrán otro papel que el de ser suplentes, y no valdrán en manera alguna como la influencia conjunta de un padre y una madre para aquel que es la carne de su carne y en quien se encarna su unidad.
Nadie puede suplir a la educación primera dada por la familia. Los padres han perdido la confianza en sí mismos, en su misión, en su derecho de educadores. En gran parte, porque han estado como en minoría durante el último medio siglo; pero también se han mostrado cansados en su misión educadora.
No hay acción más saludable que la que consiste en dar a los padres una conciencia clara de la nobleza de su misión.
